domingo, 30 de mayo de 2010

Una noche en Écija


Gracias por haberme regalado palabras pintadas y encadenadas.

Aquella noche, como todas las noches en Ecija la llamada con justicia la sartén de Andalucía hacía calor, y Alberto después de una prolongada y reparadora ducha bajó al acogedor patio andaluz del hotel a respirar un poco de aire fresco para contrarrestar el reseco e impersonal de los aparatos de aire acondicionado de las habitaciones.

Trataba, sin mucha prisa todo hay que decirlo, de escribir un libro sobre algunas peculiaridades andaluzas por lo que pasaba en el hotel largas temporadas, algo que le confería un status ligeramente diferente al resto de clientes, por lo que al verlo, el responsable de la sala le ofreció como siempre un gazpacho fresquito que era el orgullo de la casa y como siempre también, Alberto lo rehusó amablemente y pidió un café con un poquito de hielo y unas gotitas de whisky escocés.

Leía el diario y tomaba el café de manera autómata cuando alguien se sentó a su lado luciendo como siempre una espectacular sonrisa…era Lucía que sorprendentemente en esta ocasión no estaba acompañada como siempre por su madre, a quien seguramente habían retenido sus obligaciones como Gerente del hotel.

Alberto miraba a Lucia, que si bien no era un portento físico si que poseía en cambio una elegancia natural y un saber estar que le hacía resultar muy atractiva, por lo que Alberto utilizaba halagos sinceros con aquella joven a quien de manera tan educada como insistente invitaba a que fuera su cicerone en Sevilla para conocer mejor el barrio de Santa Cruz, la calle Sierpes, Triana y acabar cenando en San Marco, a lo que ella respondía que un día sería posible, un día, aunque Alberto sabía que aquellas eran solo palabras amables de una joven de veinticinco años, veinte exactamente menos que él.

La juventud y la vitalidad de Lucía hacía que Alberto recordara más de lo que quisiera a Angeles a quien no había vuelto a ver desde aquel incidente
desgraciado en su casa de Mallorca, y en muchas ocasiones se preguntaba si no estaría confundido y debía olvidarse de ambas.

No resultaba del todo sencillo olvidarlas porque a los pocos días, un lunes mientras deshacía sus maletas, Lucía se le acercó e hizo referencia a aquella visita a Sevilla y a la cena a la cual estaría encantada de acudir, aunque como no tenía tiempo de hacer de cicerone quedaron para cenar el día siguiente a las 9 de la noche en el Hotel Los Lebreros


Alberto siempre solía llegar tarde a todos los sitios, pero en esta ocasión era la excepción que confirma la regla y llegó con bastante antelación temeroso de que Lucía llegara, no lo viera y decidiera arrepentirse. Justo pensaba esta posibilidad cuando la escuchó entrar y cuando quedó absorto viéndola dirigirse a él con aquella sonrisa tan inocente como cautivadora.

Mientras cenaban, Lucía iba desgranando de manera pausada las razones por las cuales había aceptado aquella cita, razones que diferían totalmente de las ilusiones que Alberto se había forjado desde el día anterior y también de las del maitre que de manera maliciosa imaginaba cosas distintas a lo que en aquel momento decía Lucía…y lo que decía era…

Verás Alberto, como sabes, mamá hace tiempo que está sola, que no tiene vida de pareja y que su única ilusión hasta que has aparecido tú ha sido el trabajo en el hotel. Ha recuperado la ilusión de vivir por ti, aunque tú y yo sabemos que ella no te dirá nunca nada, pero estoy aquí por eso, para pedirte que te acerques a mi madre, que la hagas feliz en la medida que puedas y a cambio…a cambio yo te daré esta noche y alguna noche más, lo que deseas de mi.


Alberto sonrió, pensó que si alguna vez tenía una hija le gustaría que fuera como Lucía y…

Bueno, seguro que esta historia puede tener varios finales.

Autor- Drake

Fotos- composición AmpaCar

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