....Ella se sentó a la mesa sin saber el motivo que la había impulsado a aceptar. Como es costumbre en la tradición oriental juntó sus manos e inclinó la cabeza en señal de agradecimiento.
Él la miraba asombrado e intrigado. Se preguntaba una y otra vez : que está pasando?, quien es esta dama?- Para él, aún era anónima. Escudriñaba con su mirada a esta mujer que hacía que cada movimiento suyo gozara de esa armonía oriental a la que él se rendía.
Tenía que relajarse. Necesitaba romper esa tensión que se apoderaba de él por momentos. Ella parecía tranquila. Con su mirada insinuante hizo ese gesto que ella entendió perfectamente y con voz suave como flor de loto respondió: Keiko.
El camarero se acercó a la mesa. No hacía falta que pidiera nada, conocía perfectamente sus gustos, eran muchos años atendiéndolo. Regresó con la bandeja de plata con dos vasos de cristal finísimos casi llenos de hielo picado y una botella de gin "Bombay" etiqueta azul, única ginebra que tomaba, pero Keiko rechazó con su mirada la bebida y pidió agua con gas y una rodaja de limón. El camarero volvió a la mesa con esa fuente especial de cristal de doble fondo donde se alojaba el hielo en la parte inferior para mantener a las ostras a su temperatura justa.
Él dio las gracias a Keiko por su presencia y le ofreció ese casi manjar de dioses, fresco y con sabor especial, como especial parecía ser ella. Se dijo para sí: encontré la mejor perla que haya producido ostra alguna. Delicadamente Keiko empezó a saborearla. Sus miradas se cruzaban no con desconfianza sino, con un brillo especial y ambos lo sabían.
Como siempre la cena estaba amenizada por una orquesta que conseguía crear un ambiente especial. Al terminar se atrevió a invitarla a bailar y ella aceptó. Meterla entre sus brazos y sentir sus manos fue como subir a la gloria. No le hubiera importado que el tiempo se detuviera en ese momento. Su cuerpo era frágil como el cristal de bohemia y leve como una pluma. Su ritmo, perfecto. Todo en ella era pura armonía. Recorrían la pista como aves enamoradas. No se cansaba de mirarla.
Pero la noche tenía que terminar , prefería pensar que tan solo era una tregua y no un final. Ella mirando su reloj le dio a entender que tenía que marchar.Cruzaron el salón y se sentía el más feliz de los hombres. Iba a pedir su coche pero ella prefirió marchar caminando en solitario . No puso impedimento, pero la tristeza le embargó el alma, quería saber dónde podría encontrarla de nuevo pero el regalo de su compañía había sido tal que no podía pedirle más.
Se alejaba con pasos pequeños y poco a poco su figura se fue difuminando en la noche. Sólo su perfume aún se hacia notar inundándole los sentidos de aroma a ella. Dio media vuelta y subió la escalera lentamente. Abrió la puerta de su habitación se tumbó en el sofá y la "seda" del mismo le hizo recordar su piel suave como el loto. Una vez más se dijo: la vestiré de sedas nunca vistas, serán las sedas de Keiko.
AmpaCar -Diciembre 2010
Carpe dien
Él la miraba asombrado e intrigado. Se preguntaba una y otra vez : que está pasando?, quien es esta dama?- Para él, aún era anónima. Escudriñaba con su mirada a esta mujer que hacía que cada movimiento suyo gozara de esa armonía oriental a la que él se rendía.
Tenía que relajarse. Necesitaba romper esa tensión que se apoderaba de él por momentos. Ella parecía tranquila. Con su mirada insinuante hizo ese gesto que ella entendió perfectamente y con voz suave como flor de loto respondió: Keiko.
El camarero se acercó a la mesa. No hacía falta que pidiera nada, conocía perfectamente sus gustos, eran muchos años atendiéndolo. Regresó con la bandeja de plata con dos vasos de cristal finísimos casi llenos de hielo picado y una botella de gin "Bombay" etiqueta azul, única ginebra que tomaba, pero Keiko rechazó con su mirada la bebida y pidió agua con gas y una rodaja de limón. El camarero volvió a la mesa con esa fuente especial de cristal de doble fondo donde se alojaba el hielo en la parte inferior para mantener a las ostras a su temperatura justa.
Él dio las gracias a Keiko por su presencia y le ofreció ese casi manjar de dioses, fresco y con sabor especial, como especial parecía ser ella. Se dijo para sí: encontré la mejor perla que haya producido ostra alguna. Delicadamente Keiko empezó a saborearla. Sus miradas se cruzaban no con desconfianza sino, con un brillo especial y ambos lo sabían.
Como siempre la cena estaba amenizada por una orquesta que conseguía crear un ambiente especial. Al terminar se atrevió a invitarla a bailar y ella aceptó. Meterla entre sus brazos y sentir sus manos fue como subir a la gloria. No le hubiera importado que el tiempo se detuviera en ese momento. Su cuerpo era frágil como el cristal de bohemia y leve como una pluma. Su ritmo, perfecto. Todo en ella era pura armonía. Recorrían la pista como aves enamoradas. No se cansaba de mirarla.
Pero la noche tenía que terminar , prefería pensar que tan solo era una tregua y no un final. Ella mirando su reloj le dio a entender que tenía que marchar.Cruzaron el salón y se sentía el más feliz de los hombres. Iba a pedir su coche pero ella prefirió marchar caminando en solitario . No puso impedimento, pero la tristeza le embargó el alma, quería saber dónde podría encontrarla de nuevo pero el regalo de su compañía había sido tal que no podía pedirle más.
Se alejaba con pasos pequeños y poco a poco su figura se fue difuminando en la noche. Sólo su perfume aún se hacia notar inundándole los sentidos de aroma a ella. Dio media vuelta y subió la escalera lentamente. Abrió la puerta de su habitación se tumbó en el sofá y la "seda" del mismo le hizo recordar su piel suave como el loto. Una vez más se dijo: la vestiré de sedas nunca vistas, serán las sedas de Keiko.
Sedas suaves como pluma
recorriendo tu cuerpo que
respira aire y perfume,
sedas que te vestiré
con mis manos temblando
recorriendo tu cuerpo que
respira aire y perfume,
sedas que te vestiré
con mis manos temblando
AmpaCar -Diciembre 2010
Carpe dien
