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jueves, 27 de mayo de 2010

Se llamaba komouk- Drake


Se llamaba Komouk. 
Este nombre se lo había puesto su madre en recuerdo de aquel marinero extranjero que era su padre y al que no había vuelto a ver desde aquella noche en que fue engendrado mientras ambos estaban borrachos.

No fue su infancia un camino de rosas y a los tres años su madre decidió que fuera pastor de patos a cambio de un trozo de pan y otro de tocino por lo que marchó al monte con los 31 patos que habían en la aldea, cada uno de ellos de un vecino.

En el monte se durmió, y al despertar no tenía cerca ninguno de los patos por lo que se puso a buscarlos mientras lloraba desconsoladamente pensando en que su madre o cualquier otro vecino, dueño de algún pato podían pegarle una paliza por haberlos perdido.

No se equivocaba, y al llegar a la aldea pudo comprobar por una parte que todos los patos habían vuelto por su propio pie, y por otra parte también pudo comprobar la extraña manera que tenía su madre de enseñarle a no perder más veces los patos…manera que no era otra que dándole una paliza.


Aprendió, a golpes aprendió y así hasta los 8 años cuando estando en el monte con sus patos fue sorprendido por una fuerte tormenta que lo llevó entre golpes por los árboles a unos 4 km de distancia de donde estaba al iniciarse la tormenta.

A partir de entonces, miedos…al ruido, a la oscuridad, a las tormentas eléctricas, a su madre que lo culpaba de no haber venido aquel día antes de la tormenta y haber perdido todos los patos…miedos.

No habían demasiados médicos cerca, ni su madre tenía medios para llevarlo lejos donde los había, por lo que solamente quedaba esperar a que hiciera el cambio…su madre nunca supo que era el cambio, ni por qué se cambiaba sobre los catorce años, cambio que podía suponer la curación total a aquellos ataques que sufría, o la locura definitiva.

Y llegó el tiempo del cambio, casi sin que nada cambiara porque Komouk tenía tantos días de tranquilidad como de ataques de ansiedad y nervios

Aún y así, trabajaba en lo que podía mientras su madre continuaba emborrachándose donde podía, y con la compañía de quien podía, habitualmente seres de su mismo pelaje…hasta que un día, su cuerpo cansado y ajado puso el punto final a aquella vida de miseria dejando a Komouk tan solo y huérfano como lo había estado siempre.


Por fin Komouk era feliz…sin ataques, sin ansiedad y es que tal vez había encontrado a alguien que lo quisiera como era y no como debía ser, o porque se sentía tan útil para ella como ella lo era para él.

Sin embargo…la vida es cruel pensó Komouk cuando un viento traicionero pudo con las escasas defensas de aquella lagartija con cuerpo de mujer y la invitó a hacer su último y definitivo viaje sin tiempo siquiera de despedirse…y mucho más cruel pensó, recordando que ella hacía meses que ya no bebía porque deseaba ser madre y no quería perder el fruto que llevaba en el vientre.

Cualquiera de las personas que lo habían visto con sus ataques de ansiedad, decían que eran epilépticos, cualquiera repito hubiera sido incapaz de imaginar que Komouk llorara, y sin embargo, desde que la borracha lo había dejado no hacía otra cosa que llorar, escondiéndose de la gente para que no lo vieran…pero lloraba.
Recordó que en algún lugar quedaba la última botella que no habían abierto porque que la guardaban para celebrar la llegada de su pequeño, y una vez más con lágrimas en los ojos la buscó…y la encontró.

Despacio la bebió toda, despacio comenzó a caminar hacia el puente que cruzaba el río y también despacio y cerrando los ojos se lanzo al agua en busca del descanso que no tenía…que no tenía desde aquel día que cumplió los tres años y lo hicieron pastor de patos.

Esta es una triste historia donde se podría extraer una moraleja…aquella que dice que vivir sin infancia es como morir a los tres años.

Ahora sí, ahora  está completa  de nuevo. Bella historia  esta de komouk. Al menos sintió la  felicidad en su amada Lia. 
Gracias de nuevo Dracke  por volverla  a enviar.


Carpe diem
Julio 2010