Veo todo escarcha que se raja a tu paso. Aceitunas caídas que se hielan y se reflejan en ese frío blanco y transparente. Seguimos con esa tradición de “apañar la aceituna”. Es bueno aprovechar lo que se tiene y así los olivos se sienten satisfechos de dar su fruto. Sirven para algo más que adorno y sombras en al calor. E ritual requiere tiempo. Sacar las varas que se han pasado todo el año quieto y dormidas en el desván aisladas de la humedad para que no se tuerzan, las cestas y las sacas. Hoy suavizado todo por unas ayudas que hacen esa labor más llevadera: las redes que las recoge dentro de ellas. El humo se levanta blanco en medio de los olivos señal de que hay fuego vivo que calientan esas manos protegidas ahora por guantes. Sacrificio y trabajo que se nos recompensa con ese “oro líquido” que nuestro paladar saborea: nuestro aceite.
Recuerdas nuestras moliendas? Mi memoria todavía alcanza esos días que nos tocaba hacer el aceite. El lagar al lado del rio (hoy sigue allí, silencioso y solitario pero cerrado), un lagar romano que molía lentamente la aceituna rendida. Días de fiesta en que hacíamos del lagar nuestra estancia esperando probar la cosecha líquida. Se tenían las rebanadas de pan preparado para hacer esas torrijas que una vez fritas se espolvoreaban de azúcar y canela. Las tomábamos de postre después de ese gazpacho con poleos que yo aún sigo haciendo. Estas eran las dos pruebas para que el aceite pudiera ser amado. Una vez superadas, nuestros guisos olían a nuestro aceite.
Pero ya no se oye el canto de Joaquín en el olivar. Ni los chismes de María, ni las risas de Brígida. ¡ Como llenaban el aire¡ Ya no se come el pan con torreznos ni se hunta el pan con la manteca de cerdo mezclda con pimentón, ¡¡que rica estaba¡¡. La troje ya no se llena de aceituna. Ahora son sacos de arpillera sintéticos y los olivos apenas se barrena, solo vibran. –antes caían a ritmo de tango, ahora al ritmo de heavy metal. La modernidad dicen. Los potes de de metálicos donde la guardábamos con aquel grifo dotadísimo y limpio por dónde íbamos llenando la garrafa de cristal, se han sustituidos por bombonas de plástico. Ni las bodegas son lo que eran. Nuestros potes ahora adornan nuestro patio. Me gusta darle sitio a los recuerdos y no arrinconarlos.
Tiempo de aceite y torrijas, tiempo de frío y escarchas, tiempo de villancicos y guirnaldas. Tiempos de gallos en pepitoria y sopa de almendras. El mazapán ya espera en su cajita con su forma de culebra y ojitos de cristal y las figuritas tiernas y únicas del “obrador” tradicional sigue deleitándonos nuestro paladar.
Ojalá la tradición y nuestras costumbres sigan.
AmpaCar- Diciembre 2010
Carpe diem