Me gustaría coserme los ojos para no ver. Pero de qué me serviría? Seguiría sintiendo y oliendo. Esos pasos sonarían siempre. El ruido del carrito que se traslada ayudado de unas ruedas engrasadas que se saben el camino de memoria sin necesidad de llevar los ojos abiertos.
Se paran en las mismas estaciones y abren sus tripas para repartir esas bandejas que llevan tu comida y tu número de habitación. Saben que no son bien recibidos porque casi nunca esa comida que transportan les gusta. Pero el carrito imperturbable sigue su recorrido, ellos cumplen su misión.
Me gustaría coserme los ojos para no ver, pero olería de la misma manera y reconocería ese olor distinto, diferente, un olor a naftalina de hospital. De qué serviría entonces coserme los ojos? Me impedirían ver el vuelo de dos palomas que día tras día desde estoy aquí veo revolotear por tres terrazas diferentes de colmenas de piso. Agitan sus alas y se posan en las barandillas, las recorren con saltitos y vuelven a alzar el vuelo a otra. Solo van a esas. Tendrán migas de pan? Vuelven a volar y se podan en el cristal inclinado de una ventanita pequeña donde deben oír el agua de alguna ducha que cae sobre alguna espalda. Al final de la tarde regresan a su rama y yo te digo: ya están llegando, y tú contestas: es la hora de la dormida.
Y sí. El cielo se viste de casi noche y las palomas se acurrucan entre las ramas y sus alas. De qué me serviría coserme los ojos? Solo dejaría de ver la danza de las palomas.
AmpaCar- 26 de marzo 2011
Carpe diem
