No sé cuantas serán, ni cómo serán, pero te las iré escribiendo para contarte como se pasa el tiempo mirando al horizonte.
Te diré que este estío, nos está secando el cuerpo y la vida se aferra a esos colores pardos que quieren respirar, sobrevivirán porque en ellos está la dureza, esa que nos enseña tanto en la vida.
Los días transcurren con la lentitud que da el calor, y también con esa monotonía propia de la época. Tus geranios los que plantaste en primavera están floreciendo todavía, ya sabes que es (como tú dices) una planta resistente. El de color salmón está precioso. Pero las rosas, las rosas están secas, no son el sitio apropiado. Esas tienen su sitio donde florecen bellas y esplendidas. Esas son tus preferidas.
Por lo demás todo sigue normal. Se avecina el tiempo de las hojas doradas. Esas hojas que alfombran el suelo y se estremecen a tu paso y yo las veo y me siento llena de ti y es como si el ciclo de tu abrazo volviera a empezar. Y me siento feliz y te miro a los ojos y los veo brillar como el primer día. Es tiempo para recomenzar todo el día a día, con su tic tac permanente y sonoro. Es tiempo, donde mi deseo sigue machacándome en la cabeza: ver las caritas de los niños cuando con sus carteras se incorporan como yo digo a “la casa grande” del aprendizaje y los juegos, a la casa donde algunos por primera vez empezarán a aprender que hay letras con las que se puede jugar y contar historias. Nosotros no tuvimos la suerte de acercarnos a la puerta de ese colegio para recoger ni llevar nada, por eso, mi deseo aunque mitigado por tu amor y entrega sigue vivo en nosotros.
Por hoy no tengo más que contarte, pero mañana, mañana te pediré el beso de todos los días.
Recibe esta carta con el cariño de siempre y con el amor como la flor de “siemprevivas o perpetuas”.
Amparo-Agosto 2010-
Carpe diem

