Deseaba que llegara el momento de poder tenerla frente a él. Los días se le hacían largos y pesados, incluso, lo que no le había pasado nunca, se le antojaban tristes. Sus deseos y sus recuerdos estaban lejos de él y tenía que acercarse a ellos en cuanto pudiera.
El negocio no le iba mal, había vendido todas las sedas que pensando en ella había comprado. Eran de una calidad excelente, de diseños elegantes y tonos suaves. Habían ido a vestir damas elegantes para ensalzar su belleza y deleitar las miradas de caballeros que apreciaban ese gusto extraño y exquisito que produce la seda, solo en personas que saben apreciarla y darle el justo valor.
Pero él se preguntaba, para qué tanta fama como comerciante único , si tenía que estar alejado de ella para seguir siendo un mercader prestigioso si esto le impedía no estar ni vivir cerca de ella?. Debía conseguir cambiar esa situación y se lo propuso.
Mientras, Keiko, continuaba con su rutina diaria que le dejaba poco tiempo para detener su memoria, cosa que le favorecía a sus sentimientos .Pero cuando se hacía la noche, él se adueñaba de su destino como mujer. Lo soñaba, lo amaba, y cada poro de su piel se llenaba de su recuerdo. Pero ella, estaba resignada a vivir sin él. Le parecía demasiado poder compartir su vida con quien había elegido y que no era más que un desconocido. Alguien para ella misterioso y por ahora fugaz que le había dejado profundas huellas.
El otoño se acercaba. Los días se iban acortando y tenía más noche para pensar en él. Le daba miedo esta situación. Se veía mermada en su voluntad. Nada le distraía. Había desatendido sus compromisos sociales. Sus salidas eran cada vez menos y la sensación de pena se adueñaba de ella que igual que los días otoñales se le iban cayendo sentimientos poco a poco.
El tiempo iba transcurriendo a favor de los dos, a pesar de la lentitud con la que pasaba. Cada día, en la distancia, comprendían mas y mas que se necesitaban que sus vidas tenían que vivirlas unidos. saboreándose uno al otro.
El la tenía presente cada noche. Al lado de su gin “Bombay” siempre había un finísima copa de cristal reluciente con agua de gas y una rodaja de limón, su bebida .La vestía de seda y se maravillaba de su figura . Sus ojos se clavaban en esa copa que le traía el recuerdo de sus finísimas manos. Ella, cerraba los ojos, se daba un toque de perfume y lo notaba presente, fuerte y deseoso de sus caricias que ella le regalaba en la distancia.
AmpaCar-febrero 2011-02-15
Carpe diem

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